REPORTAJE: La población china y su integración en España.

Por María Díaz Valderrama.

Ming Guang Zhan, más conocido como Iñaki en su cafetería, es uno de los 30.000 autónomos chinos residentes en España. Después de veintiséis años en el país, su conocimiento de la lengua española no es demasiado amplio, pero se defiende. Iñaki está seguro de lo que los españoles piensan de su cultura y su forma de ser, pero sabe que hay otras formas de ganarse el respeto y el cariño de la población y por eso empieza por tratar a sus clientes como “a los españoles les gusta”, con una sonrisa y alguna que otra conversación. “Abrí la cafetería hace diez años y he ido adaptándome a éste comercio, es lo que hace un empresario”.

 Antes de venir a España trabajaba en una oficina en China, no sabe hacer una comparación exacta de la profesión que correspondería a su antiguo trabajo en España, repite con dificicultad las palabras “funcionario” y “oficina”, “moviendo empleo”. Responde afirmativamente cuando digo Recursos Humanos pero no termina de aclarar su función. Sin embargo China destaca por sus tradición de buenos comerciantes.

 Actualmente los chinos residentes en España son 165.917, según las últimas estadísticas del Ministerio de Trabajo e Inmigración, de ellos, como decía al principio, más de 30.000 son autónomos.

Aunque en número no superan a marroquíes, ecuatorianos o colombianos, su presencia es una de las más notadas por la gran cantidad de establecimientos y negocios que tienen en el país y a pesar de eso son los más desconocidos para nosotros. “Son muy herméticos”, dice Loreto, un cartero de cincuenta y ocho años que los crítica por su falta de integración, “después de tantos años en España, vas a sus locales y sus hijos siguen estando al fondo haciendo sus cosas, no salen, no se relacionan con otros niños; sólo se mueven en su ambiente”.

Aunque este proceso de integración va cambiando y poco a poco se abren más a los españoles y a nuestra cultura, vienen aquí por trabajo y por la calidad de vida, “la Administración piensa más en la gente”. Cuando hablo con Jiaowei (le gusta que los españoles la llamen Celeste), esa es la frase que más me sorprende. Celeste, de veintiún años tan sólo lleva cuatro en España, hasta los diecisiete vivía en China con sus abuelos, separada de sus padres propietarios de un pequeño establecimiento en la calle Galileo de Madrid. Su padre no acepta hablar conmigo y tampoco quiere que su mujer o su hija lo hagan, pero cuando él no está Celeste no duda en charlar conmigo. Anteriormente, sus padres se dedicaban a la confección pero cuando vinieron a España con sus hermanos, después de seis años trabajando como camareros, abrieron su propio negocio.

Celeste admite que a penas se relaciona con otras personas que no sean chinos, estudia español en la Escuela de Idiomas de Jesús Maestro y tiene tan sólo una amiga española, “también doy clases de chino a dos niños pequeños, de cuatro y doce años; la gente ahora se interesa mucho por nuestra cultura y por nuestro idioma”.

Cuando vuelvo al tema del Estado en China, Celeste dice no entender lo que pregunto, y a pesar de las distintas maneras en las que intento consultarle, de repente, no puede entenderme, sólo me dice “en España, la vida es mejor, ya no quiero volver a China”. Sus padres tampoco quieren volver, pero lo harán seguramente, nos cuenta, cuando sean mayores. “Es lo que hace la mayoría, vuelven allí cuando ya son ancianos, ellos vinieron por necesidad; mis abuelos, en cambio, nunca han querido venir”.

Me pregunto, qué es lo que más sorprenderá a Celeste de nuestro país y nuestra forma de ser, como a nosotros de ellos, “la comida, coméis mucho crudo, por eso no me gusta la comida española”. Tanto ella como sus padres siguen con sus hábitos, me responde, los horarios también son muy distintos.

 Manifestaciones por la igualdad en los negocios.

Recientemente, el veintiocho de noviembre, tuvo lugar un acto sorprendente, la primera manifestación del colectivo chino. Trescientas personas se reunían en la puerta del ayuntamiento de Madrid para pedir más igualdad, quieren que se les conceda una “segunda licencia” para poder vender alcohol a partir de las diez de la noche. La modificación de la Ley de Drogodependencias, aprobada en diciembre de 2010, permite a grandes superficies y establecimientos de veinticuatro horas, vender alcohol después de las diez. Los empresarios chinos son los más perjudicados con ésta modificación y quieren que les concedan la licencia que les permita estar en igualdad de condiciones, dicen que ésto discrimina a sus comercios con horarios de atención al público muy amplios y que ya venían vendiendo alcohol desde hace años.

Zhuxiao es uno de los pocos comerciantes del madrileño barrio de Usera que me da una respuesta, le resulta difícil expresarse con claridad pero me dice que tienen derecho a quejarse y a pensar en ellos; “la Comunidad de Madrid sólo piensa en sus intereses, nosotros pagamos impuestos, somos iguales y queremos trabajar como españoles”.

A pesar de la respuesta de Zhuxiao, me resulta difícil llegar a ellos. La respuesta más frecuente en cualquier negocio al que me acerco es “no conoce el español”, seguido de una larga lista de “no” que me deja sin muchas opciones. Incluso en Usera, el barrio de Madrid con más población china, 6.670, donde además el sesenta por ciento de los locales pertenecen a ellos, me encuentro ante comerciantes que mueven la cabeza afirmativamente, sonriendo y moviéndose de un lado de la tienda a otro sin decir una palabra. Eso en el caso de los hombres, si en el local sólo hay mujeres un “no”, acompañado de una expresión seria será toda mi respuesta, no puedo incluir las respuestas que me han llegado a dar en chino, por mi desconocimiento del idioma.

La forma de implantar sus negocios ha tenido un éxito rotundo entre ellos por su forma de abrir. Con los convenios entre China y España, la facilidad para abrir estableciemientos en un momento dado, supuso un boom para el país que vio como además de restaurantes, comenzaban a abrir tiendas de alimentación, especialmente a finales de los años noventa.

Tanto Iñaki, como el padre de Celeste, como Zhuxiao tienen algo en común. Cuando vinieron a España, tenían familia, ya establecida, con negocio propio. Después de años de trabajo para sus propias familias, conviviendo en pisos con nueve personas, durmiendo en camas que debían amontonarse en la habitación, recibieron un préstamo de sus familiares. Éste dinero les permitió abrir su propio negocio y en un futuro devolver esa cantidad al prestamista sin intereses. Los bancos no existen para ellos.

 

Volviendo al punto anterior, es algo que choca, trabajan con sus familias y, en cualquier caso, entre chinos, “en el caso de grandes superficies, como el Chinatown a las afueras de Madrid, no verás una persona que no sea china trabajando allí”. Sorprendentemente, la mayor parte de su público es chino y por ello, dicen, tratan de valerse de ellos mismos para atender al cliente. Isabel, es economista, pasea con su marido y cuando me acerco a ellos dice que no entiende mucho sobre temas particulares, pero opina, que los distintos convenios entre gobiernos han facilitado la apertura de esos establecimientos, “por mucho que digan, no pagan impuestos como un establecimiento español y contra eso no podemos competir”.

Los tipos de negocios también han cambiado, los restaurantes ya no atienden al exotismo que vendían en los años ochenta, ya no es un comercio para españoles sino para chinos, especialmente en Usera, hay restaurantes establecidos según las distintas regiones del país. Si algo destaca en China es su gran variedad de comidas, a los residentes en España les gusta probar la cocina de las distinas zonas del país. Después de que el negocio del restaurante se sobrecargara, pasaron a los establecimientos de alimentación y ahora se adaptan al mercado español comprando cafeterías y restaurantes con cocineros españoles y platos típicos de aquí, potajes, pescados en salsa, incluso te reciben con unas aceitunas. Si por algo se caracterizan los chinos es por su capacidad de adaptación y su dedicación al trabajo.

 La integración de jóvenes estudiantes.

Me encuentro en una cafetería típica española, regida por chinos, donde he quedado con Ran Pei, estudiante de Filología Española en la Universidad Complutense. Su situación es muy distinta al resto de personas con las que he hablado. Ran Pei, lleva dos años en España y ha venido expresamente a estudiar español, luego quiere volver a China para trabajar enseñando español y relacionarse con nuestra cultura. “En China, España vende mucho”. Sus padres, también comerciantes -en éste caso de joyas y perlas- la han enviado a España para estudiar.

Vive en un piso con otros chinos y reconoce que no tiene amigos españoles. “No salimos de noche como aquí, me parece bien que hagan botellón, que salgan hasta las cinco de la mañana, pero eso no va con nuestra cultura, por eso a veces no me siento cómoda y prefiero estar con gente como yo”. Sus planes son con amigos chinos, que ha ido conociendo aquí, sólo dice que a va a pasear con ellos, ni siquiera van al cine.

Ran Pei no para de sonreir y aunque no termine de entender las preguntas me trata con amabilidad, conoce a la perfección nuestra cultura y forma de ser, pero la vive desde fuera, realmente, como nosotros vivimos la suya, observando tras el cristal.

Puede que como me decía Loreto, las nuevas generaciones, los que van naciendo aquí comiencen a hacer migas con españoles y acaben por integrarse, compartiendo nuestra cultura y nuestros hábitos. Puede que nuestros miedos hacia su cultura vayan desapareciendo y no ignoremos sus costumbres, dejando a un lado leyendas y llegando, poco a poco, a una convivencia sana y multicultural.

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