COMENTARIO: Un año 1984 en la actual Corea del Norte

Por Jorge González Solano
Dos más dos son cinco. Nunca me creeré una mentira, salvo si se posees el poder de coacción para convertirla en verdad. Puedes controlarme las miradas y sentir mis latidos. Consigues ver si golpeo con determinada fuerza el suelo ante una rabia que en realidad no tengo. Puedes obligarme a sonreír aunque mi vida ya no tome ese nombre después de años. Eres capaz de esclavizarme y marcarme a punta de pistola. Y yo puedo pensar en que igual desaparezco, pero antes que eso, puedo pensar.
George Orwell escribió pensando en que un progreso puede convertirse en regreso, y volver a la ley de la selva. Es ciencia ficción, 1984, pero también está escrita la palabra ciencia. No es necesario un fin del mundo que ya hubiese llegado para la vida real de Winston, donde Londres ya no es lo que era. La armada no nos necesita, pero el cartel tiene el mismo imperativo con que nos cautivaba la estrategia de los yanquis.
Alguien más loco que Charlie Manson o el propio Almodóvar se adelantó a cometer algún tipo de locura como las conocidas hasta ahora. Orwell habla de un judío que defiende la libertad de prensa, de reunión, de expresión, de libertad al fin y al cabo. Pero también habla de un judío que despierta el odio cuando se contrasta un mundo dominado por la guerra, el “noamor”, y el miedo de los que todavía piensan. Un mundo rodeado de interrogantes que se cuelgan de un punto de transición que separa el fin de un sistema capitalista extremo de otro con unas condiciones de vida que quizás no sean tan nefastas, pero sí dignas de otra revolución. Qué locura.
Quiero resaltar el detalle de que este libro lo encontré en la sección de ciencia-ficción, pero no me sorprendería si lo encuentro en Historia del mundo contemporáneo, o en los mismos periódicos de todo el mundo. Pero esto es una mentira, sí que aparece.
Hace tiempo se comunicó la noticia de la muerte de Kim Jong-il, y la consecuente sucesión de su hijo Kim Jong-un, quien ahora se hace cargo del gobierno de Corea del Norte. Lo que yo vi fue una versión existente del libro de Orwell. La misma historia del autor británico, pero en un presente y en una realidad.
No se evaporizaron los estudiantes surcoreanos que se manifestaron ante un régimen tan opresivo, pero sí que desaparecieron. Aún persisten en la memoria, pero no ocupan espacio en el registro de un recuerdo tan común y casi constante. Se ignora una prensa controlada desde un “Ministerio de la Verdad”, aunque sí que impera la ironía de convertir mentiras en resultados científicos como el 2+2=5.
Ese día tan noticioso vimos algunas lágrimas, caras rojas y arrugadas, ojos cerrados y manos pegadas suplicando respuestas, pero no vimos llorar. Eso se hace cuando la tristeza nos gana la batalla y exteriorizamos un sentimiento de esos prohibidos, y eso no pasó. Y si alguien lloró, no fue por la muerte de ese dictador, sino por otras muertes, y, sobre todo, por la impotencia de no poder hacer nada por cambiar el resultado de esa suma.
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA,
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD,
LA GUERRA ES LA PAZ
Fuente: Google images
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OPINIÓN: LA SOPA ESTÁ CALIENTE, LA ÉTICA CONGELADA

Por Ángel de Jesús Cívico González

Ajouter es un niño de cuatro años. A diferencia del resto de infantes de su edad, ya no ríe, ya no juega, sólo tiene hambre. Sin embargo, tampoco derrama lágrimas, ha aprendido que este mecanismo no le proporcionará alimento. Cuando era más pequeño, lloraba desconsoladamente todo el tiempo, esperando a que su madre viniese a alimentarlo, pero ella, agotada, no disponía de los medios para hacerlo. A su muerte, Ajouter dejó de gemir. Su mirada es grisácea, más típica de un hombre anciano que de un chiquillo. Es consciente de su hambruna, pero también lo es de que pronto cesará. De que pronto terminará todo.

Fotografía de niños somalíes. Fuente: http://hogar-verde.com

Fotografía de niños somalíes. Fuente: http://hogar-verde.com

Este breve relato es ficticio, es altamente improbable que Ajouter exista tal y como ha sido reflejado; no obstante, sí que es factible que la situación de este niño la estén padeciendo miles y miles de infantes en todo el mundo, y peor aún, no es solo probable, sino real. Y lo sabemos. Durante décadas los medios de comunicación nos han bombardeado día tras día con datos y cifras de las muertes de niños en países subdesarrollados a causa de la hambruna, que ha sumado trece mil millones de víctimas en el último año.

Desayunamos, comemos y cenamos con fotos de niños desnutridos a las puertas de la defunción. Pero nos hemos acostumbrado. Una nueva noticia acerca del tema no nos sobrecoge, no nos ponemos en pie de guerra ante el orden mundial que no erradica el problema; continuamos sentados en el sillón al recibir la noticia de que han aumentado el número de muertes por falta de alimentos en Somalia.

Sin embargo, las manifestaciones y actos de rebeldía –incluso pasivos- son numerosos ante una noticia que, aunque nos afecte de forma tan directa, no debería tener ni una cuarta parte de las dimensiones que tienen las muertes de niños cada día, como es el cierre por parte del FBI del portal web Megaupload. Dejando aparte consideraciones de lo apropiado o no de la medida tomada por la agencia estadounidense, es chocante observar todos los movimientos que ha generado la noticia en la red, convirtiéndose el tema en trending topic mundial y en el asunto más buscado a través del buscador de Google en España. Así como dando pie a actos como los perpetrados por Anonymous. Citando una sentencia de una famosa serie de televisión norteamericana: “¿Es que nadie va a pensar en los niños?”.

Algo está ocurriendo en nuestra sociedad cuando algo así tiene lugar. ¿A qué han quedado reducidos los valores? ¿Es incapaz el ser humano de sentir empatía? ¿Sólo le preocupa aquello que le afecte directamente a su encorsetada vida diaria? Preguntas de compleja respuesta, pero quizá no sea en estos momentos tan descabellado pensar en las ideas que Orwell planteó en sus obras, al contemplar una sociedad futura que no sea capaz de sentir.